Porque te tengo y no porque te pienso porque la noche está de ojo abiertos porque la noche pasa y digo amor porque has venido a recoger tu imagen y eres mejor que todas tus imágenes porque eres linda desde el pie hasta el alma porque eres buena desde el alma a mí porque te escondes dulce en el orgullo pequeña y dulce corazón coraza porque te miro y muero y peor que muero si no te miro, amor, si no te miro porque tú siempre existes dondequiera pero existes mejor donde te quiero porque tu boca es sangre y tienes frío tengo que amarte, amor tengo que amarte aunque esta herida duela como dos aunque te busque y no te encuentre y aunque la noche pase y yo te tenga y no. |
domingo, mayo 17, 2009
Gracias por el fuego, Mario Benedetti
viernes, febrero 20, 2009
Recorte de tu vida

Eran las once y media de una mañana de domingo, allá, por los años 60. Andabas jubiloso, por el patio, mientras les ponías nombre a las gallinas –Amalia, Teresa, Gumersinda– y con mentirosos aires de inocencia tirabas piedritas al huerto del vecino, por ver si lograbas arruinar la verdura en ciernes, a través de esa cerca generosa de hojas de parra virgen, recién nacidas.
Pobre de mí, me paso llorando ausencias [...]" decían, en armonías cadenciosas, los Quilla-Huasi, por la radio. Pero tu infancia aún no prestaba atención a la nostalgia y entonces, reías si ella te leía sus versos de amor.
De la cocina salía un poderoso olor a chauchas hervidas, que sí te desvelaba de tus sueños diurnos –¡dios mío, no, otra vez esos hilos atravesados en la garganta!–, pero un solo ladrido de la perra te devolvía al país de los espejos, al laberinto enrevesado de tus gloriosas fantasías: “¡Vamos Amalia, hay que conquistar Pollolandia; seguidme caballeros, ayudaremos a estas damas despojadas de sus bienes y tomaremos por asalto el reino!
Corrías por los canteros sin que te preocupara pisotear esa blanca perfección de margaritas –sigue Fulanito con la pelota, lo marca Mengano, pero Fulanito no se deja, se acerca a la zona peligrosa, miren qué patada, y… miren qué locura, gol, gol, ¡gooooool de Fulanito, a los treinta minutos del segundo tiempo…! “¿A qué hora vamos a la cancha?”.
¿Qué habrá detrás de aquella nube? ¿Hasta dónde llega el mar? ¿Los dragones existen? ¿Cómo se dice te quiero en japonés? ¿Usaré bigotes cuando sea grande? Dos por uno, dos; dos por tres, seis; nueve por ocho… ¿nueve por ocho?, ¿nueve por ocho?...
“Dio come ti amo…”, cantaba Diana María con un sentimiento de princesa taciturna. Pero para tu dulce imaginación, era en el mundo de tus princesas verdaderas donde se empollaban los prodigiosos huevos de oro, mientras tu heroísmo los rescataba para salvar del hambre a todos los niños pobres de la tierra.
“¡A comer ya, que se hace tarde!”, y atravesabas la puerta de la cocina corriendo hacia esa voz, pequeño Odiseo encantado, deslumbrado de hambre, enloquecido de amor a la comida y a la madre.
“¿Qué hay de comer, además de las chauchas? ¡Gallina! ¿Gallina? No quiero, no voy a comer eso, no tengo hambre… ¿Dónde está Teresita?
Una madre pródiga –caserón de tejas–, un padre que te nombró su compañero, compañero de grito enardecido –barrio pobre– una hermana estudiosa, compuesta como una reina –arrabal amargo–, y un hermano menor, travieso, inesperado –qué tiempos aquellos– te esperaban ya, acodados sobre el mantel de hule de una mesa, en cuyo centro brillaba, como brilla el anhelo en los ojos de los enamorados, el mismo paraíso, en la botella de un sifón azul.
Hypatia
Pobre de mí, me paso llorando ausencias [...]" decían, en armonías cadenciosas, los Quilla-Huasi, por la radio. Pero tu infancia aún no prestaba atención a la nostalgia y entonces, reías si ella te leía sus versos de amor.
De la cocina salía un poderoso olor a chauchas hervidas, que sí te desvelaba de tus sueños diurnos –¡dios mío, no, otra vez esos hilos atravesados en la garganta!–, pero un solo ladrido de la perra te devolvía al país de los espejos, al laberinto enrevesado de tus gloriosas fantasías: “¡Vamos Amalia, hay que conquistar Pollolandia; seguidme caballeros, ayudaremos a estas damas despojadas de sus bienes y tomaremos por asalto el reino!
Corrías por los canteros sin que te preocupara pisotear esa blanca perfección de margaritas –sigue Fulanito con la pelota, lo marca Mengano, pero Fulanito no se deja, se acerca a la zona peligrosa, miren qué patada, y… miren qué locura, gol, gol, ¡gooooool de Fulanito, a los treinta minutos del segundo tiempo…! “¿A qué hora vamos a la cancha?”.
¿Qué habrá detrás de aquella nube? ¿Hasta dónde llega el mar? ¿Los dragones existen? ¿Cómo se dice te quiero en japonés? ¿Usaré bigotes cuando sea grande? Dos por uno, dos; dos por tres, seis; nueve por ocho… ¿nueve por ocho?, ¿nueve por ocho?...
“Dio come ti amo…”, cantaba Diana María con un sentimiento de princesa taciturna. Pero para tu dulce imaginación, era en el mundo de tus princesas verdaderas donde se empollaban los prodigiosos huevos de oro, mientras tu heroísmo los rescataba para salvar del hambre a todos los niños pobres de la tierra.
“¡A comer ya, que se hace tarde!”, y atravesabas la puerta de la cocina corriendo hacia esa voz, pequeño Odiseo encantado, deslumbrado de hambre, enloquecido de amor a la comida y a la madre.
“¿Qué hay de comer, además de las chauchas? ¡Gallina! ¿Gallina? No quiero, no voy a comer eso, no tengo hambre… ¿Dónde está Teresita?
Una madre pródiga –caserón de tejas–, un padre que te nombró su compañero, compañero de grito enardecido –barrio pobre– una hermana estudiosa, compuesta como una reina –arrabal amargo–, y un hermano menor, travieso, inesperado –qué tiempos aquellos– te esperaban ya, acodados sobre el mantel de hule de una mesa, en cuyo centro brillaba, como brilla el anhelo en los ojos de los enamorados, el mismo paraíso, en la botella de un sifón azul.
Hypatia
Etiquetas:
Relatos
sábado, enero 03, 2009
Sudamérica: una prueba de resistencia
Érase una vez, en una provincia argentina, una pareja de ancianos llamados Custodio y Sofía. Ellos vivían en un rancho de adobe sostenido por tirantes de quebracho. Solitos, alejados de todo vestigio de civilización, se dormían cada noche acunados por el silbido portentoso del viento. Allá arriba, donde la pureza de la atmósfera transforma la muerte en vida eterna, hay millares de plantas medicinales que florecen a pesar de los tiempos y de los gobiernos. Ella, Sofía, conocía al dedillo la función de cada una. Curaba sus males y los de su marido con brebajes y emplastos de aromas profundos, inquietantes. Quién sabe qué herencia le había dejado a ella un par de aritos colgantes de plata y marquesitas que relucían atravesados de sol. Al atardecer solían tomar mate. Más tarde, comían.Es que las familias pobres de nuestro país tuvieron días en que la hora de comer era tan clara como sus propios sueños. Trabajadores del campo o de la ciudad asistían a sus mesas de manteles tendidos donde, con solo nombrarla, la patria se repartía entre todos, como un fruto generoso y nutricio.
Hoy, en cambio, las voces de la mitad de las madres son una flor de insomnio que, en su vigilia cotidiana, invocan al corazón mojado de la papa o a la blancura de viento de la harina, para que sus hijos puedan transitar el día. De vez en cuando, los medios presentan algún caso de desnutrición infantil, algún paneo por el laberinto de la drogadicción, alguna falacia a la que llaman muerte "accidental" por incendio, por infección, por uno que otro aspecto de la miseria física o moral de la que tantos padecen, como si se tratara de una tragedia aislada y excepcional en medio de un devenir venturoso.
Dentro de esa misma mentira y como muestra de lo que significa la "mayor prueba de resistencia", el despilfarro del poder, la incitación al consumo, la afrenta a la pobreza, la invasión y el atropello que representa una caravana de rugidos atravesando cientos de pueblos, desolados o habitados, que casi siempre confunden en el mismo color tierra y covachas, también es tergiversado en maravilla, en ocasión única y especial, en grandioso privilegio para los espectadores forzados de la riqueza ajena.
Dice la crónica que el evento del rally proyectó la imagen de Buenos Aires hacia todo el mundo: los organizadores calculan que el Dakar es visto, en Europa, por unos 150 millones de telespectadores... ¿Habrá proyectado, también, los dolores de los que claman por sus necesidades debajo de las autopistas, de cara a ese horizonte de sombras que les fue legado?
Mientras el primer mundo realiza esta inversión fabulosa de dinero y energía en pro de sus negocios, aquí, en el Sur, territorio secuestrado para que funcione como el escenario de una cruel paradoja, miles y miles asistirán pasivamente al paso de esas máquinas deshumanizadoras que ya se cansaron, por lo visto, de pasearse por las hambrunas africanas.
Para esos miles y miles la prueba de resistencia es otra. Ellos invierten su fuerza, en el mejor de los casos, en la esperanza de construir el arca para ver, algún día, una ramita de laurel en el pico de una paloma que regresa.
Hypatia
Dentro de esa misma mentira y como muestra de lo que significa la "mayor prueba de resistencia", el despilfarro del poder, la incitación al consumo, la afrenta a la pobreza, la invasión y el atropello que representa una caravana de rugidos atravesando cientos de pueblos, desolados o habitados, que casi siempre confunden en el mismo color tierra y covachas, también es tergiversado en maravilla, en ocasión única y especial, en grandioso privilegio para los espectadores forzados de la riqueza ajena.
Dice la crónica que el evento del rally proyectó la imagen de Buenos Aires hacia todo el mundo: los organizadores calculan que el Dakar es visto, en Europa, por unos 150 millones de telespectadores... ¿Habrá proyectado, también, los dolores de los que claman por sus necesidades debajo de las autopistas, de cara a ese horizonte de sombras que les fue legado?
Mientras el primer mundo realiza esta inversión fabulosa de dinero y energía en pro de sus negocios, aquí, en el Sur, territorio secuestrado para que funcione como el escenario de una cruel paradoja, miles y miles asistirán pasivamente al paso de esas máquinas deshumanizadoras que ya se cansaron, por lo visto, de pasearse por las hambrunas africanas.
Para esos miles y miles la prueba de resistencia es otra. Ellos invierten su fuerza, en el mejor de los casos, en la esperanza de construir el arca para ver, algún día, una ramita de laurel en el pico de una paloma que regresa.
Hypatia
Etiquetas:
Crónicas
miércoles, noviembre 19, 2008
Inventario

Veamos qué tengo:
El libro de un poeta muerto hace tiempo, junto al mar; dos postales; una carta esperada; una canción desesperada; mil cartas no recibidas. Los íconos de la ausencia.
Un reloj muerto de sueño, seis adornos de Navidad que no vienen de Bohemia, pero que penden año tras año su liviandad y su gracia, su secreto de familia, del hilo fino y dorado de la nostalgia. La presunción de lo eterno.
Un encendedor..., dos; dos encendedores que ya no encienden; una caja de cigarrillos intacta y vacía; música de negros y de gitanos con mal de amores. El recuerdo perpetuo de unos cuantos fuegos fatuos; hadas que extienden sus dedos iluminados para tocar algún paraíso perdido, sin lograrlo.
Un mensaje redactado en tiempos de borrachera y el vértigo, y el asombro, y el vino en cáliz para el trago fatal de su lectura; necesidades postergadas, un gran deseo incumplido. Cumbre de insatisfacciones.
Diez expresiones de afecto, dos de ternura y cinco o seis miradas de compasión. La fuerza de la amistad y la amistad forzada, que anda siempre sin fuerzas. El rastro inconfundible de los amores desamorados.
Un cinturón de suela para atarme al fetiche, ajado y a punto de partirse en dos; dos cinturones que no sostienen nada. La caída, el derrumbe, la ruina.
Abrigos con huellas de caricias; abrigos estampados con besos desconocidos; abrigos ya opacos que relumbraron bajo otros cielos. Un documento sensual de tramas que me son ajenas. Tela y telas. Las telarañas de los romances atesorados.
Archivos con cien mil diálogos...; doscientos mil, un millón. Ideas en armonía. La adrenalina del disenso. La mente con sus fantasmas, los tantos y tantos fantasmas intercambiados.
Algunos artefactos: unos, en uso; otros, vendidos. El rugido de la boca –de la boca del hambre–.
Una reminiscencia de flores de color lila; fugacidades; apuros; un cumpletristezas con esas flores que aún se secan, debajo de cada noche, al amparo de cada luna.
Una colección de exabruptos menores; una colección de exabruptos mayores; un paquete olvidable solo en el banco de una plaza. La plaza inesperada de los abrazos.
Cinco mil cafés, cinco mil juegos de magia, cincuenta mil silencios... cien, cien mil silencios. Las cinco y cincuenta mil visiones de una realidad que escapa al entendimiento, una realidad siempre imaginaria, las sombras en la Caverna.
Una montaña de preguntas, una montaña de respuestas y una montaña de incógnitas. Un paisaje neurótico, la cuna de la sublimación.
Una bufanda para el invierno; tantos inviernos... El intento de obturar la salida del caudal de agua de un dique, con la punta del dedo índice (también yo misma, parada frente a los ríos para impedir que corran al mar).
Cosas, cositas, cosones. Razón de las sinrazones. Un transitar porque sí. Surrealismo contra surrealismo, los infinitos juegos de esgrima. Un intelecto cansado. Un espíritu que enloquece al punto de no encontrarse el cuerpo –si es que hay un cuerpo que lo contiene–.
Un limón amargo, con el golpe amarillo.
Y este dolor inservible. Y esta especie de silencio heroico. Y este final sin nombre.
Hypatia
El libro de un poeta muerto hace tiempo, junto al mar; dos postales; una carta esperada; una canción desesperada; mil cartas no recibidas. Los íconos de la ausencia.
Un reloj muerto de sueño, seis adornos de Navidad que no vienen de Bohemia, pero que penden año tras año su liviandad y su gracia, su secreto de familia, del hilo fino y dorado de la nostalgia. La presunción de lo eterno.
Un encendedor..., dos; dos encendedores que ya no encienden; una caja de cigarrillos intacta y vacía; música de negros y de gitanos con mal de amores. El recuerdo perpetuo de unos cuantos fuegos fatuos; hadas que extienden sus dedos iluminados para tocar algún paraíso perdido, sin lograrlo.
Un mensaje redactado en tiempos de borrachera y el vértigo, y el asombro, y el vino en cáliz para el trago fatal de su lectura; necesidades postergadas, un gran deseo incumplido. Cumbre de insatisfacciones.
Diez expresiones de afecto, dos de ternura y cinco o seis miradas de compasión. La fuerza de la amistad y la amistad forzada, que anda siempre sin fuerzas. El rastro inconfundible de los amores desamorados.
Un cinturón de suela para atarme al fetiche, ajado y a punto de partirse en dos; dos cinturones que no sostienen nada. La caída, el derrumbe, la ruina.
Abrigos con huellas de caricias; abrigos estampados con besos desconocidos; abrigos ya opacos que relumbraron bajo otros cielos. Un documento sensual de tramas que me son ajenas. Tela y telas. Las telarañas de los romances atesorados.
Archivos con cien mil diálogos...; doscientos mil, un millón. Ideas en armonía. La adrenalina del disenso. La mente con sus fantasmas, los tantos y tantos fantasmas intercambiados.
Algunos artefactos: unos, en uso; otros, vendidos. El rugido de la boca –de la boca del hambre–.
Una reminiscencia de flores de color lila; fugacidades; apuros; un cumpletristezas con esas flores que aún se secan, debajo de cada noche, al amparo de cada luna.
Una colección de exabruptos menores; una colección de exabruptos mayores; un paquete olvidable solo en el banco de una plaza. La plaza inesperada de los abrazos.
Cinco mil cafés, cinco mil juegos de magia, cincuenta mil silencios... cien, cien mil silencios. Las cinco y cincuenta mil visiones de una realidad que escapa al entendimiento, una realidad siempre imaginaria, las sombras en la Caverna.
Una montaña de preguntas, una montaña de respuestas y una montaña de incógnitas. Un paisaje neurótico, la cuna de la sublimación.
Una bufanda para el invierno; tantos inviernos... El intento de obturar la salida del caudal de agua de un dique, con la punta del dedo índice (también yo misma, parada frente a los ríos para impedir que corran al mar).
Cosas, cositas, cosones. Razón de las sinrazones. Un transitar porque sí. Surrealismo contra surrealismo, los infinitos juegos de esgrima. Un intelecto cansado. Un espíritu que enloquece al punto de no encontrarse el cuerpo –si es que hay un cuerpo que lo contiene–.
Un limón amargo, con el golpe amarillo.
Y este dolor inservible. Y esta especie de silencio heroico. Y este final sin nombre.
Hypatia
Etiquetas:
Relatos
jueves, octubre 30, 2008
Un viaje

Miro, desde la ventanilla del tren, una hilera de pueblos que se suceden como las palabras. Veo. Toco, casi, una inquietud caliente, a la vez nostálgica y esperanzadora, como esas brisas que en las siestas de verano parecen anunciar el cumplimiento de los sueños, la confirmación de las promesas y la certera salvación de los milagros.
Ahora recuerdo el perfil de una mujer y se me presentan todas sus historias, sobre todo, las más desesperadas; memorizo sus gestos, tan adustos, y en medio de sus lágrimas con apariencia de piedras esculpidas, veo surgir la claridad de su sonrisa abrupta, la gracia de sus dichos, su frescura inefable, la asombrosa espontaneidad de sus metáforas.
Pienso en la vereda más angosta, pienso en mis pasos, en esos árboles al fondo de la calle, en esa calle sin fin, en infinitos de infinitos.
Se me atraganta un grito de silencio, la soledad me acompaña, el azar me determina y el desamor me ama.
Corren, corren los pueblos y las estaciones. Los pasajeros se miran unos a otros, con los ojos húmedos, como interrogándose sobre cuestiones nimias: ¿Tiene familia? ¿Está enfermo de algo? ¿Yo tengo, acaso, cara de ladrón? ¿Qué prefiere, el arroz o la ensalada? ¿Qué hará de cenar usted, cuando llegue a su casa? ¿Le pone albahaca a las comidas? ¿Ese es su hijo, su sobrino, su ahijado? ¿Qué mira? ¿Por qué me está mirando?
Siempre es así. De pronto, el pensamiento se me vuela y me paro, como de costumbre, en tiquis miquis. Trato de pensar, entonces, en cosas serias, circunspectas: en las ideas filosóficas de la historia entera, en las indagaciones de todos los pensadores que conozco, en el tiempo perdido en las incógnitas, en los juramentos de fidelidad a los conceptos.
Se hace de noche y me digo que, por fortuna, hay un destino. Una estación que a mí me pertenece, dos o tres que me esperan, humanos y animales.
Y por fin, a despecho de la velocidad que lleva la locomotora, me detengo a mirar cómo un hombre, allá lejos, detiene su marcha para ofrecerle pan a un perro vagabundo. En la fugacidad de la escena, entre la mano del hombre y el hocico del animal, se genera el sentido de todo lo que existe. Me repongo, me reconcilio, me olvido de la ausencia.
Pero el instante se pierde, como todo lo que nunca se encuentra. Luego, arribo. Desciendo. Cuando desciendo, ya es noche cerrada.
Hypatia
Ahora recuerdo el perfil de una mujer y se me presentan todas sus historias, sobre todo, las más desesperadas; memorizo sus gestos, tan adustos, y en medio de sus lágrimas con apariencia de piedras esculpidas, veo surgir la claridad de su sonrisa abrupta, la gracia de sus dichos, su frescura inefable, la asombrosa espontaneidad de sus metáforas.
Pienso en la vereda más angosta, pienso en mis pasos, en esos árboles al fondo de la calle, en esa calle sin fin, en infinitos de infinitos.
Se me atraganta un grito de silencio, la soledad me acompaña, el azar me determina y el desamor me ama.
Corren, corren los pueblos y las estaciones. Los pasajeros se miran unos a otros, con los ojos húmedos, como interrogándose sobre cuestiones nimias: ¿Tiene familia? ¿Está enfermo de algo? ¿Yo tengo, acaso, cara de ladrón? ¿Qué prefiere, el arroz o la ensalada? ¿Qué hará de cenar usted, cuando llegue a su casa? ¿Le pone albahaca a las comidas? ¿Ese es su hijo, su sobrino, su ahijado? ¿Qué mira? ¿Por qué me está mirando?
Siempre es así. De pronto, el pensamiento se me vuela y me paro, como de costumbre, en tiquis miquis. Trato de pensar, entonces, en cosas serias, circunspectas: en las ideas filosóficas de la historia entera, en las indagaciones de todos los pensadores que conozco, en el tiempo perdido en las incógnitas, en los juramentos de fidelidad a los conceptos.
Se hace de noche y me digo que, por fortuna, hay un destino. Una estación que a mí me pertenece, dos o tres que me esperan, humanos y animales.
Y por fin, a despecho de la velocidad que lleva la locomotora, me detengo a mirar cómo un hombre, allá lejos, detiene su marcha para ofrecerle pan a un perro vagabundo. En la fugacidad de la escena, entre la mano del hombre y el hocico del animal, se genera el sentido de todo lo que existe. Me repongo, me reconcilio, me olvido de la ausencia.
Pero el instante se pierde, como todo lo que nunca se encuentra. Luego, arribo. Desciendo. Cuando desciendo, ya es noche cerrada.
Hypatia
Etiquetas:
Relatos
jueves, octubre 09, 2008
Idealismo

Una pared blanca con un punto rojo –rojo de sangre, rojo Kandinsky, rojo de luz, rojo de no importa qué, qué importa–. Delante de la pared, una mujer desnuda, de pie, anhelante, despojada, abarcadora y, paradójicamente, inmóvil. Más allá, la silueta de un hombre que se le acerca en la penumbra. Luego, un encuentro vivo que se revela, que se rebela y reniega, y que se opone y no se resigna, y no acepta, y no se adhiere jamás a ningún final anunciado.
Yo me imagino un mundo donde el amor miente su eternidad, donde las sombras solo acuden al alma para anunciar delicias y donde el único sentido de todo lo creado es el abrazo al calor de los cuerpos; sin traición, sin abandono, sin desamor, sin necesidad de milagros. Yo me imagino y armo, con lo que imagino, mi propio credo.
Creo en los ojos que consuelan; creo que en la más secreta y estrecha intimidad se hace posible lo imposible; que la verdad se encuentra, siempre y cuando se tenga la capacidad de descifrar susurros; creo en la entrega sin razón y en ese balanceo compartido como en una danza, que no es otra cosa que una pasión entre el sueño y la vigilia.
Pero cuando me muera, ay, cuando muera, que no me empareden ni me adornen, que no me empenumbren ni me inmovilicen.
Yo solo quiero los besos que más quiero, aquellos con los que pueda desmentir mi propia muerte.
Por lo que me imagino y creo, por lo que creo y me imagino, es por eso que no te olvido. Yo no te olvido. No te olvido. No, no te olvido.
Hypatia
Yo me imagino un mundo donde el amor miente su eternidad, donde las sombras solo acuden al alma para anunciar delicias y donde el único sentido de todo lo creado es el abrazo al calor de los cuerpos; sin traición, sin abandono, sin desamor, sin necesidad de milagros. Yo me imagino y armo, con lo que imagino, mi propio credo.
Creo en los ojos que consuelan; creo que en la más secreta y estrecha intimidad se hace posible lo imposible; que la verdad se encuentra, siempre y cuando se tenga la capacidad de descifrar susurros; creo en la entrega sin razón y en ese balanceo compartido como en una danza, que no es otra cosa que una pasión entre el sueño y la vigilia.
Pero cuando me muera, ay, cuando muera, que no me empareden ni me adornen, que no me empenumbren ni me inmovilicen.
Yo solo quiero los besos que más quiero, aquellos con los que pueda desmentir mi propia muerte.
Por lo que me imagino y creo, por lo que creo y me imagino, es por eso que no te olvido. Yo no te olvido. No te olvido. No, no te olvido.
Hypatia
Etiquetas:
Relatos
martes, septiembre 30, 2008
"El asesino"

–¿Qué pasa? –preguntó Kevin, atragantado en sus diecisiete años, entre curioso y desafiante.
–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.
Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.
Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?
Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.
Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...
Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.
Hypatia
–Esto pasa –respondió un tiro de 32, desde un arma empuñada por una mano de quince, crispada de odio.
Hay solo una minoría que transcurre alegremente y mira el mundo y lo gobierna mientras ignora, de la miseria, los pasos y los ojos. El resto se sostiene como puede en espacios como este, una patria desamorada donde el dolor, para la mayoría, es la única referencia, la última forma de amar, el solo vínculo con la vida.
Kevin, y su homicida; sus padres; sus hermanos; sus atribulados vecinos, a cuál más desgarrado... ¿Habrán pensado, alguna vez, en la posibilidad de que existiera, para ellos, un lugar donde la tragedia fuera tragedia, y no un eufemismo para nombrar el abandono?
Probablemente no. Es que transitar la extensa geografía del desamparo requiere tiempo y esfuerzo, aunque sean vanos, aunque no haya final, por más prematuramente que se aparezca esa sombra implacable de la muerte, repitiendo sus rituales; entre los pobres, ella jamás renuncia a su ritmo acostumbrado ni a sus métodos preferidos.
Hay tantas y tantas madres con nombres apretados en el pecho, nombres que surgen con los rezos, con las lágrimas nocturnas, nombres que ellas soñaron con sueño de crisálida y que hoy se hicieron temblorosos, como lámparas votivas...
Cuántos hombres más, cuántas mujeres, cuántas familias desahuciadas tendrán que salir corriendo, dando voces, para denunciar "al asesino" –que es sin nombre, aunque se le quiera endilgar el del emergente de turno– sin saber que ellos mismos escapan, cada día, de milagro, no hacia la dignidad, sino apenas hacia las orillas de la crónica televisiva, amparados en los noticieros, como un modo de entrar en otros ámbitos, desde esa luz tristísima de olvido que pretende disimular, como excepcionales, las calamidades del presente, y que miente, sin tapujos, el futuro de la mayoría.
Hypatia
Etiquetas:
Crónicas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
